En calidad de director del Service national de la pastorale des migrants et des personnes itinérantes, cómo describe usted la complejidad del fenómeno migratorio en Francia?
Uno de los retos más complejos para todos los que están comprometidos en la defensa de los derechos de los migrantes es luchar contra la enorme discrepancia entre la realidad del fenómeno migratorio y su percepción. Por ejemplo: aunque la opinión pública esté convencida de que la inmigracion en Francia ha aumentado desmesuradamente en los últimos años, en realidad la tasa de crecimiento migratorio se ha quedado estable en los últimos 30 años y la inmigracion sigue siendo un fenómeno limitado. Actualmente, Francia tiene poco más de 4 millones de extranjeros en su territorio, o sea el 6% de la población (una tasa inferior a sus países europeos vecinos) y se ubica en 5° posición en Europa en cuanto país de destino.
No obstante, la discrepancia más eclatante no tiene que ver con el volumen de los flujos migratorios, sino con la enorme diferencia entre la imagen que la opinión pública tiene de los migrantes y la complejidad de sus reales perfiles. Para muchas personas en Francia, los inmigrantes son individuos potencialmente peligrosos, por la mayoría musulmanes, a las antípodas de los valores y los logros de las sociedades democráticas emergidas desde el cristianismo, el iluminismo y la secularización.
En oposición a estos preconceptos, los inmigrantes en Francia representan más de cien nacionalidades, provienen de muchas regiones y reflejan la diversidad de las olas migratorias que se han sucedido en Francia a partir del siglo XIX. Por lo que respecta la fe y las prácticas religiosas, aunque falten estadísticas precisas, los inmigrados cristianos son probablemente tanto numerosos cuanto los de otras religiones. Es suficiente visitar algunas parroquias de la región parisina para darse cuenta, por ejemplo, del importante número de fieles de origen asiática: vietnamitas, chinos, camboyanos, laosianos, filipinos, tamil, pakistanis, sri lankans …
Al mismo tiempo, crece constantemente el número de africanos que participan en las celebraciones cristianas, aunque esta tendencia es más evidente en las dichas comunidades “pentecostales”. Un pentecostalismo que está convirtiendo enormemente los lugares musulmanes.
En fin: los “verdaderos inmigrados” son mucho más diferentes que los que muestran las imágenes transmitidas desde la opinión pública francesa.
¿Cómo se pueden enfrentar los retos puestos por el fenómeno migratorio y responder a los miedos sobre las migraciones?
Hablar de los inmigrados en Francia, en el contexto actual, siempre es difícil. Es un argumento extremamente controvertido, también al interior de las comunidades católicas. Como ya hemos dicho, la cuestión de las migraciones está marcada por muchos prejuicios y genera miedos, conscientes o inconscientes.
Hay el miedo a que los inmigrados roben el trabajo a los franceses; el miedo es ver el sistema de protección social desequilibrado; miedo también de la pequeña y grande delincuencia en la que, desafortunadamente, están implicados algunos extranjeros. La religión también alimenta miedos, con el desarrollo del Islam en Francia y sus tendencias extremistas. Este último miedo está enfatizado por la amenaza del terrorismo jihadista. Además, los políticos saben que los franceses, de todas las clases sociales, viven estos miedos. Es por eso que, en campaña electoral, el argumento es acentuado e instrumentalizado para ganar algunos votos.
Obviamente, los miedos no se tienen que ignorar: hay que escucharlos y respetarlos. Pero no podemos dejarnos aprisionar por nuestros miedos. La crisis actual de las políticas migratorias europeas expone continuamente los miedos que nos aprisionan. Esta crisis es también el resultado directo de una pérdida de puntos de referencia, principios y valores. Los cristianos tienen que jugar un cierto papel para ayudar a Europa a sobrepasar este momento de desconcierto.
Hay una respuesta cristiana a los retos del fenómeno migratorio y esta respuesta se basa en algunos principios. Si “amar al prójimo” es la regla que guía la acción de cada persona bautizada, continuando este mandamiento hay un valor fundamental al cual no podemos renunciar: la defensa de la dignidad humana, sin ninguna discriminacion cultural, religiosa o de proveniencia. Otro principio que debería guiar la respuesta cristiana es la promoción de la justicia social. De hecho, conocemos la conexión entre los flujos migratorios y las enormes desigualdades e injusticias sociales que caracterizan el mundo.
Naturalmente, estos principios no pueden quedarse en la abstracción: hay que traducirlos en acciones concretas, en proyectos comunitarios y en políticas migratorias. En este punto, jugamos una parte importante de nuestra identidad común. En el siglo XXI, las políticas migratorias van a definir todas las sociedades: dime cuales son tus políticas migratorias y te diré quien eres. Y cada sociedad tiene que vigilar, si no quiere avergonzarse mañana de la identidad que ha construido hoy.
P. Carlos Caetano, portugués, misionero scalabriniano, ha obtenido la licencia en Teología pastoral de la movilidad humana al SIMI en 2006. Actualmente es el responsable de tres puestos encargados por la Conferencia Episcopal Francesa: capellán nacional de las comunidades católicas portuguesas de Francia (desde el año 2014), director del Servicio nacional de la pastoral de los migrantes (desde 2016) y director del Servicio nacional de la Misión Universal (desde 2019).