Terminó el pasado miércoles, 8 de junio, el Simposio Internacional sobre Migraciones y Religión, que ha llegado a su séptima edición, confermando su papel fructífero para las reflexiones y los intercambios no sólo de teorías, sino de experiencias.

El camino iniciado hace varios años, que reúne la dimensión académica y cognitiva, la dimensión institucional y comunitaria, combinadas con la dimensión operativa y concreta, se ha ido enriqueciendo con nuevas colaboraciones y competencias como prueba de la urgencia e importancia de las dinámicas migratorias y en particular de la dimensión religiosa.

Este año el enfoque fue en la ecología integral con una perspectiva pan-amazónica particular. Los fenómenos globales, como la migración, también requieren soluciones globales. Esto no significa que el actuar desde abajo, o el diseño local, no sirva, sino que es el preludio de un cambio de mentalidad y comporta una cierta presión positiva sobre las diversas instancias en favor de soluciones concretas y creativas de los problemas vinculados a la convivencia étnica. Al mismo tiempo, la comunidad nacional e internacional debe poner en práctica estrategias y políticas adecuadas que garanticen que los fenómenos migratorios correspondan a objetivos políticos, económicos y sociales compartidos y vinculados a una visión de desarrollo sostenible y que aporte beneficios tanto a los que participan, a los que acogen, como a los que se quedan. Estas políticas deberían salvaguardar ante todo la dignidad de la persona humana, los derechos, juntos con los deberes, acompañar la salida, la inserción y, en su caso, el regreso o la reagrupación, e impedir el tráfico, la esclavitud y la explotación por parte de agentes y reclutadores en una visión dinámica del bien común.

Estos desafíos requieren inevitablemente también un cambio del paradigma socio-pastoral mismo que supere precisamente el paradigma de emergencia y parta ante todo de la conciencia de este profundo cambio de época que estamos atravesando.

En esta perspectiva, los fenómenos migratorios van más allá de la simple idea de un cambio en el espacio, significando también movilidad cultural, política, social y religiosa. En esta perspectiva, el encuentro/choque con el otro es una realidad inevitable del mundo globalizado. El pluralismo cultural y religioso, por lo tanto, no es para la sociedad actual una opción o una libre elección, sino la condición ordinaria en la que ya se encuentra. Por esta razón, ampliar nuestra mirada a un contexto más amplio nos ayuda a comprender mejor no solo los desafíos que el mundo plantea al proceso educativo, sino también las oportunidades para que este proceso esté al servicio de la persona y para su bien.

Se trata concretamente de fundar un proceso social, cultural y pastoral poniendo algunos elementos básicos que ayuden también a las personas migrantes insertadas en un contexto más amplio social y comunitario a alcanzar una integración participativa a través de un positivo proceso de intercambio. Esto requiere pensar la comunidad como un «sistema abierto» donde haya una disponibilidad real de diálogo y negociación lejos de cualquier forma de determinismo o estática .

Además es indispensable poner en marcha un proceso pastoral que ayude a superar la cultura de la indiferencia y de la desconfianza en favor de un contexto donde se pueda vivir de manera positiva y provechosa la convivencia de las diferencias. Siendo de hecho la participación activa de los emigrantes y refugiados débil, nace por tanto espontánea la pregunta sobre las dinámicas que pueden favorecer una mayor participación. Aquí se subraya la importancia del papel de las mujeres y los jóvenes en los procesos de transformación de las sociedades y las comunidades cristianas.

A tal fin, tiene importancia fundamental la educación en la perspectiva de la ecología integral como motor de esperanza y futuro.

«Educar es siempre un acto de esperanza que invita a la coparticipación y a la transformación de la lógica estéril y paralizante de la indiferencia en otra lógica diferente, que sea capaz de acoger nuestra pertenencia común».